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La maestría del cocinero Ding aplicada al masaje Ayurveda

El arte de sanar sin esfuerzo a través de la presencia

Debemos viajar en el tiempo hasta la China del siglo IV a.C., en la época de los Reinos Combatientes. Allí vivió el filósofo Zhuangzi (también conocido como Chuang Tzu), una de las figuras fundamentales del taoísmo junto a Laozi. El libro que lleva su nombre es una maravillosa colección de parábolas llenas de humor, paradojas y poesía. En uno de los textos filosóficos, encontramos un hermoso apólogo protagonizado por el cocinero Ding:

Ding el cocinero descuartizó un buey para el soberano Wen Hui. Primero golpeó la carne con las manos, enderezó la espalda y, pisando fuerte contra el suelo, hincó una rodilla sobre el buey; entonces su cuchillo hendía ¡zum!, cortaba ¡zas!, partía ¡crac!, danzando al ritmo de la canción «Sang Lin», al compás de la melodía «Jing Shou».

«¡Qué maestría! ¡Has llegado a la cima de tu arte!», exclamó Wen Hui.

El cocinero Ding, dejando el cuchillo, replicó: «Más allá de toda habilidad, solo el Tao cuenta para tu humilde servidor. Al comienzo de mi trabajo, solo veía el buey. Tres años más tarde, ya casi no lo veía. Ahora, trabajo con mi espíritu y no con mis ojos. Allá donde el conocimiento y los sentidos se detienen, el espíritu es el que actúa. Sigo la estructura corporal de la res, penetro en las articulaciones, no toco ni una arteria ni un tendón, y menos aún los grandes huesos.

Un buen cocinero cambia de cuchillo una vez al año, porque corta con él. Un mal cocinero cambia de cuchillo una vez al mes, porque desgarra con él. Con este cuchillo, desde hace diecinueve años, he descuartizado miles de bueyes y su hoja está como recién afilada. Entre las junturas hay un intersticio; la finísima hoja tiene el espacio suficiente para penetrar y deslizarse. Por eso, tras diecinueve años de uso, mi cuchillo sigue perfecto».

 

¿Qué enseñanzas podemos extraer de este texto para alcanzar la maestría en el masaje Ayurveda?

El masajista debe fundirse en una danza con el receptor. No debe moverse como si estuviera luchando contra el cuerpo, sino deslizarse de forma armónica, suave y sutil; como una danza.

La técnica es importante y necesaria al principio, pero con el tiempo lo esencial es mantener la presencia y la conexión con el Universo. Es así como dejamos de ver únicamente un cuerpo físico y material, para empezar a percibir el cuerpo sutil y el alma a la que estamos ayudando. Desde este estado de presencia:

  • No manipulas, sientes.
  • No trabajas solo con tus manos, sino desde el corazón.
  • No necesitas los ojos para ver, porque la intuición guía tu tacto.
  • Allí donde no llega la técnica, llega la sensibilidad.
  • No luchas contra las tensiones musculares; las disuelves precisamente porque no opones resistencia, actuando con sutiliza.
  • Trabajas sin ego, apartando la mente ruidosa.
  • El masaje se convierte, entonces, en una meditación en movimiento.

El Tao profundiza en el concepto del Wu Wei o «acción sin esfuerzo»: la sabiduría de fluir con el orden natural de las cosas (el Tao) en lugar de luchar contra él.

Al igual que el cuchillo de Ding, que no se desgasta porque se desliza por los espacios vacíos, el buen masajista no se agota. Se desliza de forma suave y profunda sin lastimarse. Al no luchar contra el cuerpo, mantiene su energía intacta y la canaliza por completo hacia el bienestar de su paciente.

 

Los «Intersticios» del Cocinero Ding y los Puntos Marma del Ayurveda

El cocinero Ding nos revela el secreto de su juventud: «Entre las junturas hay un intersticio… la finísima hoja tiene el espacio suficiente para penetrar y deslizarse».

En el masaje ayurvédico, este «intersticio» o espacio sutil tiene un nombre sagrado: los puntos Marma.

Los Marmas son puntos vitales donde se unen el cuerpo físico y el cuerpo energético. Son las zonas donde confluyen músculos, venas, ligamentos, huesos y articulaciones, pero, sobre todo, por donde fluye el Prana de los nadis.

Un masajista inexperto es como el «mal cocinero»: lucha con fuerza bruta contra el músculo tenso, desgastando su propia energía.

En cambio, el masajista con maestría busca el «intersticio». No ataca la contractura directamente; localiza el punto Marma asociado y, con un toque profundo y lleno de presencia, disuelve el bloqueo.

Trabajar los puntos Marma es el verdadero Wu Wei del Ayurveda: sanar a través del espacio, del respeto y de la sutileza, logrando que tanto el terapeuta como el paciente terminen la sesión con su energía vital intacta, renovada y en perfecta armonía.